16 julio, 2024
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Al igual que en otras artistas atormentadas, el talento y melancolía en la pintura de Emilia Gutiérrez

Una exposición dedicada a la pintora argentina Emilia Gutiérrez (1928-2003), quien sufría alucinaciones y desarrolló una obra singular, alejada de cualquier tendencia de la época, se inauguró en el Museo Fortabat, y encuentra puntos de contacto con otras muestras de artistas que padecieron trastornos psiquiátricos o internaciones, como la de Mildred Burton y Aída Carballo en Galería Benzacar, un paradigma de creatividad y salud mental que encuentra su faro en la japonesa Yayoi Kusama, desde 1977 recluida en un psiquiátrico por propia voluntad.

“Los colores me hablan, intentan decirme cosas”, le dijo en 1975 la pintora Emilia Gutiérrez a su joven psiquiatra de aquel entonces, un terapeuta muy reconocido en la actualidad, quien le respondió: “Entonces no uses más colores”. Desde aquel día la artista -leída en los márgenes de la historia, fuera del canon- dejó de pintar con óleos y se convirtió en dibujante de tiempo completo -grafito o birome sobre papel blanco- hasta el día de su muerte en marzo de 2003.

Tan solo durante diez años de su vida Emilia Gutiérrez, discípula de Demetrio Urruchúa e integrante junto con Carlos Gorriarena del fugaz Grupo del Plata, expuso en las más famosas galerías de la época, Lirolay o Van Riel, y recibió críticas elogiosas en los medios más destacados de la época.

“Si existiera otro nombre para la melancolía ella lo hubiera descubierto”, señalaba un periódico de entonces sobre las pinturas de la artista, mientras que otro se refería a los “melancólicos seres existenciales” que protagonizan sus piezas, extrañados, con ojeras, pelados, de mirada perdida.

Era “una artista que pintaba lo extraño en lo inmediato, en lo cotidiano”, dice a Télam el curador de la exposición, el crítico Rafael Cippolini que lleva años realizando el rescate de este corpus al que aún califica como un work in progress: “No es alguien que pintaba desde la locura, sino que lo hacía para intentar que el malestar se fuera, para hacer algo con el dolor y no sufrir tanto”, sugiere el crítico.

Esa melancolía a la que todos aluden en su obra tiene que ver principalmente con su pasado: ella era la menor de tres hermanas y luego de su nacimiento la madre sufrió un posparto por el cual terminó internada. Emilia fue criada entonces por su abuela. “Sufrió mucho la situación familiar. Era una solitaria. Pasó toda la vida muy ensimismada, muy retraída”, dice Cippolini.

La exposición en Fortabat, la primera del calendario 2023, en que el museo celebra 15 años desde su fundación, recorre entonces los únicos diez años de su producción pictórica con la inclusión de 90 pinturas y de 14 dibujos distribuidos a lo largo del itinerario: “En mis cuadros está el mundo de mi infancia, que no fue muy alegre”, son las palabras de la propia pintora que se leen en el texto de sala.

Según el curador, “en la pintura Emilia trabaja con los recuerdos; es el lugar donde escarbar, donde bucear en un pasado anacrónico, en un pasado imaginario, donde aparecen estos seres, mientras que el dibujo es más el lugar de la sorpresa y del presente de empezar a dibujar y ver lo que surge espontáneamente”.

“Tenemos que aprender a hablar de enfermedades mentales para que no todo sea un secreto horrible”, decía recientemente la escritora del género del terror, sugiriendo eliminar el estigma que rodea todo lo relacionado con salud mental. Para que así las personas puedan hablar abiertamente sobre su bienestar. Fue justamente la autora de “Nuestra parte de noche” quien desarrolló relatos ficcionales a partir de la obra de Mildred Burton, artista que pasó numerosas oportunidades internada en centros de salud mental y a quien le dedica una muestra por estos días la galería Benzacar.

“La monarca” se titula la exposición que se presenta con “La gracia extrañada” de Aída Carballo, una manera de entablar un diálogo entre ambas artistas cuyos trabajos comparten un espíritu de extrañamiento y singularidad.

“Mi mundo tiene contactos tangenciales con el de Aída Carballo, que fue una de las artistas que me apuntaló cuando yo empezaba. Ella me largó al ruedo. Con Aída tuve una relación muy especial; me protegió y yo tenía la sensación de que me quería salvar de algo”, dijo alguna vez Burton.

Si bien no se conoce el año de su natalicio, se sabe que Mildred nació en Paraná presumiblemente entre 1923 y 1942, y murió en la ciudad de Buenos Aires en 2008. “El despampanante paisaje entrerriano con sus leyendas macabras -las iguanas y el Curupí, los escarabajos y la luz mala- reptaron y germinaron en la fértil imaginación de Mildred”, escribió María Gainza en el magistral texto que acompaña la muestra en Benzacar.

En sus pinturas y dibujos, tan surrealistas como siniestros, Burton dio vida fantástica a los objetos más mundanos: “Yo convivo con lo terrible y con el miedo” decía y se comparaba con Carballo: “Yo también caminé al borde y estuve internada en varios centros de salud mental con diagnósticos varios, desdoblamiento de la personalidad, síndrome esquizoide, paranoia”, enumeraba Burton.

La obra de Aída Carballo -grabadora, dibujante, pintora, ilustradora- está plagada de escenarios surrealistas y figuras que se debaten entre el ensueño y la realidad: tuvo profundas y frecuentes depresiones y pasó varias oportunidades internada en el neuropsiquiátrico Moyano, donde realizó su serie de dibujos “Casa de los locos”. Así pintaba esta artista, en series que titulaba con el nombre de la temática: enamorados, casas, vistas urbanas, los niños, los gatos. Los locos eran dibujos directos de lo que veía en el encierro.

Sin dudas, el emblema de la artista que utilizó sus alucinaciones como fuente de inspiración para sus obras lo encarna la japonesa Yayoi Kusama, quien tuvo desde niña sus primeros episodios psicóticos, tal como ha contado en su autobiografía “La red infinita”: veía que las flores le hablaban y cuando quería responder solo salían ladridos en lugar de su voz.

Conocida como “la sacerdotisa de los lunares”, Kusama -quien ha plagado sus obras de esos mismos lunares coloridos que su imaginación le hizo creer ver en todo lo que la rodeaba- vive desde 1977 recluida en una clínica psiquiátrica de Tokio por propia voluntad.

Se sabe que pasó su infancia en los viveros de flores de su familia, en una zona rural, donde comenzó a dibujar de manera obsesiva: “Un día, alcé de repente la mirada y me encontré con que cada violeta tenía su propia expresión facial particular, al estilo de un rostro humano y, para mi asombro, todas ellas me estaban hablando”, relató la japonesa.

“Me veía incapaz de decidir si había ocurrido de verdad o si había sido tan solo alguna clase de sueño”, reflexionaba la artista en las páginas de su autobiografía “La red infinita”. Pero siempre que ocurría alguno de estos episodios volvía corriendo a su casa a dibujarlos en su cuaderno.

“Mis obras mantienen una estrecha relación con mi salud mental”, ha dicho en reiteradas oportunidades Kusama, quien ha tomado esas alucinaciones que sufre desde los 10 años para transformarlas en fuente de inspiración.

Por: Mercedes Ezquiaga

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